
Desde hace varios siglos se ha venido construyendo una imagen distorsionada de España que ha influido en nuestra propia percepción de la realidad histórica. A esta imagen contribuyen en este momento los nacionalismos y un deficiente sistema educativo.
Ya desde el siglo XVI circulaba por Europa lo que Julián Juderías denominó en 1913 como la Leyenda Negra: mezcla de realidad e ilusión en la misma medida que elevó el tópico a la dignidad de hecho histórico incontestable.
Posteriormente, la leyenda romántica sobre España creada a lo largo del siglo XIX por escritores y viajeros como Washington Irving, Victor Hugo, Flauvert o Stenhal, dibujaba una nación sin el menor atisbo de modernidad, poblada de hidalgos con aversión al trabajo, mendigos, bandoleros, gitanas o toreros. El propio Stendhal decía de España: “sangre, costumbres, lenguaje, modo de vivir y combatir, en España todo es africano”.
Los ideólogos de la Renaixença alimentaron el mito de la Cataluña industrial y emprendedora, de espíritu progresista y laico, moderna y enganchada a las últimas corrientes culturales, a la vanguardia de los avances científicos en contraposición al resto de España: místico y guerrero, tradicionalista, poblado de holgazanes y toreros, titiriteros y flamencas. Una España enlutada que rezaba, una España de caciques y sotanas.
Hoy en el siglo XXI seguimos siendo objetivo de los creadores de tópicos. El debate de la pasada semana sobre la prohibición de las corridas de toros en Cataluña, esconde torpemente el deseo de una parte de la sociedad catalana por negar la historia y poner de manifiesto la ruptura entre la, según ellos, moderna y progresista Cataluña y el resto de España, anclado en aquellas tradiciones salvajes y milenarias y rehén de su propia historia.
Otras "iniciativas" de estos grupos como el reiterado vandalismo contra el “toro de Osborne” (¿es qué el gusto por el coñac no puede ser catalán?), fiel representante de esa España casposa que estos fascistas identitarios se empeñan en proclamar ó la iniciativa hace tres años del conseller de Turismo de la Generalitat, Sr. Huguet, para proponer una ley que prohibiera a los comercios para turistas vender muñecos de bailarina flamenca o de torero porque “no son de tradición catalana” no son más que otras nuevas pruebas del revisionismo histórico que a muchos les gustaría realizar a golpe de inquisitorial quema de libros.
Nuestro sistema educativo no me hace sentir especialmente optimista en relación a las próximas generaciones. El provincianismo, auspiciado por una casta política que extrae de este fenómeno el máximo rendimiento electoral, campa por nuestras aulas con total impunidad.
Confiemos que el “seny” de la mayoría del pueblo catalán pueda poner freno a este tipo de campañas; devaluadas por lo exagerado cuando éstas procedieron de países del centro de Europa pero sin sentido ahora cuando se crean en el mismo corazón del estado. ◦
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada