No voy a considerar los resultados cuantitativos en términos de UPyD dado que me parece que para partidos con poco peso, porcentualmente hablando, cualquier ligera desviación en las condiciones originales produce unas oscilaciones muy importantes. UPyD alcanzó en Aragón en las Elecciones Generales del 2008 un 1,2%, para colocarse por encima del 3% en las europeas de 2009. Que este barómetro parta de un 0,6% de votantes a UPyD entre los 500 encuestados en Aragón, me parece definitivo para no entrar en valoraciones cuantitativas a nivel autonómico.
Sin embargo si que hay un par de datos que, cualitativamente, me resultan más interesantes. Por un lado, y ya se han encargado algunos medios de “vocearlo” convenientemente, UPyD sería la última opción para la mayoría de los “no votantes” de este partido, es decir, el 64% de votantes de PSOE, PP, PAR, IU y CHA preferirían votar a cualquier otro antes que a UPyD. ¿Cuál es la explicación?, podríamos aplicar a Aragón o a España en su conjunto lo que, sobre Castilla, decía Antonio Machado en “Campos de Castilla”: “envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora”. Y esta puede ser una de las explicaciones, porque ha quedado demostrado que para el elector medio es preferible el “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Es triste que nos resignemos a nuestra suerte, porque estos resultados afirman que hemos perdido la esperanza de poder resolver la situación política por nosotros mismos, preferimos la cómoda, aunque desagradable, opción de confiar en el equilibrio institucional por la vía de las “idas y venidas” de los partidos de siempre con los discursos de siempre.
En el otro extremo, UPyD (junto al PP) son los partidos con menos votantes defraudados, es decir, que declaran que en ningún caso repetirían el sentido de su voto. Mientras son alrededor de un 3%, los votantes de UPyD y PP, que afirman tajantemente su intención de no repetir, para el resto de partidos esta cifra se eleva por encima del 6%, e incluso el 7%. Es obvio que el ejercicio del poder desgasta, no obstante se hace necesario buscar otras explicaciones a esta notable diferencia.
Los que me conocen me habrán oído decir en numerosas ocasiones que si dispusiéramos de 30 minutos para hablar con todos y cada uno de los votantes, obtendríamos mayoría absoluta en todas las instituciones. La realidad, desgraciadamente, es otra y nos encontramos con una inmensa mayoría de personas que prefieren navegar en las tranquilas aguas de los tópicos "facilones", a saber: las izquierdas y las derechas, el centralismo y el no centralismo, las más o menos competencias autonómicas, etc. Estamos atacados por el Síndrome de Estocolmo frente a la clase política que nos gobierna, entendemos pacientemente sus razones y nos consideramos impotentes para romper el “status quo” que imponen. Parecería razonable que a una nueva formación política se le concediera el “beneficio de la duda”, pues parece que es todo lo contrario, preferimos levantar un sólido muro alrededor de los partidos tradicionales, con la connivencia de la “Ley Electoral” y algunos medios de comunicación.
Seremos pocos o muchos, pero los que hemos vencido este síndrome vamos a seguir tratando de demostrar que la razón está de nuestra parte. ◦
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