Más allá de la política de grandes eslóganes, concienzudas estrategias dependientes de carambolas a tres bandas y siglas que pretenden representar la opinión y hasta el espíritu de varias generaciones, se esconde la política municipal, una política sin estridencias que, sin renunciar a las doctrinas liberales o socialdemócratas que toque representar en cada caso, se encuentra en numerosas ocasiones más próxima a la simple gestión, en el significado empresarial del término, de una entidad que maneja presupuestos millonarios.
Esta política municipal presenta tres frentes claramente diferenciados. El primero de ellos es el más expuesto a la opinión pública, aquel en el que se debaten las cuestiones de la teórica mayor trascendencia. Estas políticas condicionarán aquellas otras de contenido social, el desarrollo de la ciudad en el plano urbanístico, el trazado de los medios de transporte, la promoción de la ciudad, el apoyo a los tejidos industrial y comercial y un largo etcétera de elementos conocidos mayoritariamente por los ciudadanos. Estas políticas son exteriorizadas convenientemente por todos los partidos políticos que de esta forma pretenden, como no podría ser de otra forma, influir en las decisiones y convencer a los votantes de la bondad de sus propuestas. Es un justo juego democrático que se explicita mensualmente en los plenos y diariamente en los medios de comunicación.
Si profundizamos en la política municipal encontramos un segundo frente: la política, o mejor dicho gestión, del día a día. Es en este frente donde aparecen una buena cantidad de anomalías del sistema: deficiencia o inoperancia de algunos servicios, gastos injustificados, vulneración de ordenanzas municipales con sorprendentes criterios y una larga lista de irregularidades de imposible relación. Es en este frente en el que la política municipal con mayúsculas no se siente concernida, bien es cierto que establece las estrategias pero apenas dispone de capacidad para entrar en ese día a día que queda en manos de funcionarios o, en el más común de los casos, puestos de libre designación.
Estas dos dimensiones de la política municipal tienen existencia independiente y no es preciso que interactúen de forma evidente. ¿Cómo erradicar la corrupción y la inoperancia en este segundo frente? Cuesta creer que todos los profesionales (funcionarios o no) implicados en las tareas del día a día se pongan de acuerdo para participar en el campeonato de la inoperancia o en las olimpiadas del servilismo ante quienes los han promocionado. En su lugar soy de la opinión que la condición humana tiene cierta querencia a apoderarse de lo ajeno o a servirse de la situación en beneficio propio. Siempre han existido, y existirán, individuos de los que se llevan los folios de la oficina a casa, es cierto, no se trata de un hurto que ponga en peligro la cuenta de explotación de las empresas, sin embargo es difícil de suprimir. El “pillo” comete esos pequeños hurtos porque concurren dos circunstancias: la oportunidad y la casi completa seguridad de que no va a ser descubierto, con el consecuente bochorno que supondría.
Como resulta evidente, en la administración pública municipal también nos encontramos con algunos personajes de los que se llevan o llevarían los folios a sus casas. No podemos cambiar la condición humana ni hacer un examen previo de honestidad, virtud que como en el ejército el valor se debe presuponer, sin embargo si podemos trabajar para facilitar la información por la vía de aumentar la transparencia. Si lo hacemos, publicando los contratos, los permisos extraordinarios, las instrucciones especiales, etc… conseguiremos que nuestros gestores opongan más remilgos ante ciertas actuaciones no del todo correctas. Sólo de esta forma y en el medio o largo estaremos en disposición de contar con una administración eficiente hasta sus últimos niveles. Si a estas medidas añadimos otras como la limitación de mandatos o la drástica reducción de los puestos de libre designación estaremos avanzando a grandes zancadas hacia la progresiva normalización de nuestras administraciones.
El tercer frente en el que se desarrolla la política municipal es el más huidizo. Representa el “lado oscuro”, todo aquello que se escapa al conocimiento del ciudadano e incluso de la mayoría de los políticos, pero que tiene influencia directa en determinadas decisiones. Sería algo así como un agujero negro, imposible de encontrar sino fuera por su influencia gravitatoria en todo lo que le rodea. En esta dimensión circulan rumores dignos de mayor o menor crédito, intereses de familias, confidencias, informaciones “privilegiadas” y en la mayoría de los casos también interesadas y verdades como ruedas de molino de intrincada demostración. El mal político, se refugia tras la indiferencia en la seguridad de lo enmarañado del camino o tras el argumento de libro: “no vamos a entrar en todas las descalificaciones”. ¡Pues si!, es necesario que el político rechace esas acusaciones si no están fundadas e incluso que ponga a disposición del público la correspondiente documentación con total transparencia, porque sólo de esta forma, por la vía de la transparencia será posible separar al bueno del mal político. No es edificante que circulen sinfonías de rumores sin que el poder político los justifique adecuadamente o los niegue, la única opción no válida es el silencio.
En resumen, la política municipal la forman una amalgama de actuaciones en tres territorios distintos: la buena, la de salón; la fea, la del rédito inmediato y la mala, la que todo el mundo sabe que existe pero que nadie puede o quiere sacar a la luz. Solamente la información al momento y la total transparencia podrán coadyuvar a que la primera, la política buena sea la que impere en todos los frentes municipales.
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Política municipal: La Buena, la Fea y la Mala.