Hoy que se cumplen 100 años del entierro de Joaquín Costa, me permito recuperar un artículo que ya publiqué en la Página Web de UPyD hace unos meses:
Recientemente fue noticia en la prensa regional la restauración a la que se va a someter la impresionante figura de bronce de Joaquín Costa, que vigilante en Graus desde hace casi 80 años es uno de los símbolos más queridos por la población local. Muchos de los que de niños jugábamos alrededor de esta estatua y veíamos en “ese señor sentado con un gran libro” una figura serena y paternal, sentimos un escalofrío al ver hace unos 30 años, unos pocos kilómetros más abajo, en el Monzón que lo vio nacer, la figura erguida, casi diría que amenazante de un nuevo Joaquín Costa.
En mi opinión, la figura de Monzón, ciudad con la que tuvo una relación mucho menos intensa que con Graus, parece recoger con más acierto el espíritu de Joaquín Costa. Este abogado, licenciado en Filosofía y Letras, notario y lector empedernido, puede considerarse en muchos aspectos un adelantado a su tiempo. Inmerso en la época de la reconstrucción nacional, estaba convencido que esta tarea no podría ser acometida sin el concurso de todos los españoles unidos por un mismo ideal. Nunca militó en ningún partido ni fue hombre de etiquetas, se mantuvo crítico tanto con conservadores como con liberales, a su modo fue un primer ejemplo de transversalidad política.
Su carácter, agrio en muchos casos pero siempre consecuente con sus ideas, le impidió cosechar algunos éxitos profesionales en los tribunales, y le enfrentó, al igual que lo hizo con jueces, procuradores, tribunales de méritos y un largo etcétera, con la clase política de finales del XIX y principios del XX. En palabras de Rafael Altamira, uno de sus principales biógrafos, esta situación le producía un especial tristeza porque “no se puede intentar mandar a los hombres, cualquiera que sea el punto desde el cual se les dirija, cualquiera que sea la actuación directora que se ejerza, sin sentir continuamente nuestro espíritu herido por una serie de desengaños, por una serie de ingratitudes, por una serie de dificultades que nacen, no del choque de ideas con ideas (que esos choques, al fin y al cabo, ennoblecen y levantan el espíritu y el ánimo a la defensa de los principios), sino de otros que nacen del egoísmo, de las pequeñeces, de las miserias de la vida, y que son los más graves y los más difíciles de vencer”
En este nuevo aspecto, también podríamos decir que Joaquín Costa fue un ejemplo de búsqueda de la regeneración democrática, empezando por sí mismo. Su actitud contrasta especialmente algunos miembros de la clase política actual, más preocupados por la foto y el exhibicionismo político que por el contenido. Se cuenta, por ejemplo que el político oscense mandó imprimir un tarjetón para excusarse cordial, pero contundentemente, a las invitaciones que le hacían las publicaciones en las que colaboraba para que le enviaran su retrato. En otra ocasión contesto al director de “Review of Reviews” que le pidió unas notas autobiográficas: “Agradezco el honor, pero no lo merezco. Hablar de mi mismo sería profanarme, y me estimo en poco para el galardón y en mucho para el propio menosprecio”.
Costa destacó además entre los políticos de su época por ser un hombre de realidades, apartándose de aquéllos entregados a discusiones puramente teóricas. Probablemente, si fuera ahora Diputado de nuestro Congreso asistiría a las sesiones con un buen puñado de propuestas. Este adelantado a su tiempo, intuyo hace más de 100 años la solución que proporcionan los embalses: “El río es bolsa de intendente colmada hasta los bordes, premio y corona para el joven, retiro y descanso para el viejo, y fuerza y robustez para esta pobre patria agonizante que ahora se disipa y corre, desmenuzada y exangüe, a perderse en los abismos del Mediterráneo. Montón de nieve en la montaña es montón de harina en el llano, si sabéis abrir una arteria entre el llano y la montaña.”
Seguro que si hoy Costa pudiera comprobar que no hemos resuelto completamente el problema de los regadíos en Aragón, volvería a estudiar concienzudamente todos los datos disponibles para lanzar nuevas propuestas y alternativas. ¡Que pocos son los que como Costa renunciarían a una brillante carrera profesional y política por el mantenimiento de lo que consideran justo!, ¡Cuánto tenemos que aprender de este, muchas veces olvidado, personaje que se proclamaba “español dos veces, porque soy aragonés”!.
La restauración de la estatua de Graus, uno de los símbolos más queridos de la localidad, podría servir además para profundizar en la vida y la obra de este político de casta, noble y coherente hasta el final. Si Costa viviera hoy, seguramente nos contemplaría desde la parte baja de la Calle Barranco en Graus. Movido por el viejo tópico de la testarudez aragonesa, seguramente seguiría sin militar en ningún partido, aunque es posible que se llegara a levantar de la mecedora en la que su enfermedad le postró al final de su vida y, refunfuñando a media voz, depositase su voto para un partido como UPyD que hoy ha recogido el testigo de la regeneración democrática que el siempre defendió.
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Joaquín Costa, un adelantado a su tiempo.