Hoy me he decidido a cambiar de aires y he cambiado la política por la ciencia para reflexionar sobre la realidad que nos rodea, ¿son las cosas como parecen ser? ¿Tenemos alguna posibilidad de conocer cual es la realidad, si podemos usar esta palabra, en la que habitamos?
Imagine que un aborigen australiano que jamás ha visto un coche se encuentra encerrado en una caja en el centro de un circuito de Fórmula 1. Imagine también que la caja no permite a nuestro prisionero saber nada del mundo que se encuentra en el exterior de la caja. No tiene ningún contacto, ni luz, ni sonido, nada; sin embargo cuenta en la caja con todo un arsenal de aparatos científicos de medida que funcionan de forma autónoma. En medio de una carrera y durante un instante, pongamos 3 milésimas de segundo, la caja se abre y todos los aparatos se ponen a funcionar y a tomar datos de todo tipo.
El objetivo del experimento es la elaboración de una teoría que permita completar la descripción de una carrera de Fórmula 1. Quizás con los datos obtenidos, y la ayuda de un grupo de muchos y eminentes científicos también aborígenes australianos, nuestro protagonista podría generar una teoría de la realidad que fuera consistente con los datos. Digamos que tal teoría podría abarcar las situaciones percibidas que pudiéramos considerar como normales: configuración de los coches, velocidades, normas básicas de la carrera, etc.; ahora bien ¿se podría hacer una aproximación a las situaciones menos habituales que pudieran ocurrir en una carrera? ¿Tendría nuestro visitante tanta suerte como para registrar en 3 milésimas de segundo datos suficientes para saber que es el Kers, cuantas paradas en boxes están permitidas o cuanto tiempo se tarda en cambiar las 4 ruedas a un Ferrari? Por una cuestión de probabilidades, la respuesta es que parece difícil, casi imposible, elaborar la teoría buscada.
Este ejemplo, en cuanto a magnitudes, es comparable a la visión que sobre la realidad del Universo podemos crearnos tras “sólo” 5.000 años observando algo que tiene una existencia de casi 14.000 millones de años. Ruego me perdonen los que, con cierta razón, puedan decir en este momento que la limitación de la velocidad de la luz nos permite viajar hacia atrás en el tiempo y estudiar fases anteriores del mismo Universo.
Quiero llegar con este razonamiento a la idea de que el Universo es maravillosamente imprevisible. Estos días han sido noticias las llamaradas solares y se ha creado cierto pánico entre todos aquellos seguidores de las teorías mayas del fin del mundo. Estas llamaradas son unos hechos que, científicamente, están suficientemente estudiados y todo apunta a que sus consecuencias son menos dramáticas que las que apuntan los agoreros convencidos de las teorías del fatídico 2012.
Sin embargo, y a pesar del conocimiento que hemos alcanzado sobre el funcionamiento de este Universo, éste sigue escondiendo sus más íntimos secretos, ni siquiera disponemos de una teoría del todo que pueda explicar la física de un neutrón con el mismo desarrollo matemático que explica el comportamiento de un agujero negro.
Por esa, llamémosle limitación, nuestros científicos desarrollan teorías que difícilmente pueden verificarse en el laboratorio y caen en el mundo de la filosofía de la mano de las matemáticas. Si la teoría necesita 11 dimensiones… ¡se aceptan!, si estas dimensiones se deben “enroscar” de una u otra forma… ¡ se enroscan! La formulación de estas teorías es extraordinariamente compleja y la interpretación de las posibles soluciones no es siempre sencilla, de forma que las puertas a la imaginación quedan absolutamente francas.
Por eso el Universo es fascinante, hoy son unas llamaradas pero quizás mañana asistamos a la desmaterialización de un planeta o a la desaparición de toda una galaxia en una de las nuevas dimensiones que predicen algunas de las citadas teorías. Por eso y por la extraordinaria fusión de matemáticas, física y filosofía soy, y seguiré siendo, un apasionado de estos temas.
Zaragoza. Febrero de 2.012 ◦
